CARLOS REAL DE AZÚA (1916-1977)
Varias veces he escrito sobre la obra y la personalidad de Carlos Real de Azúa —la última vez el 10/oct/76 en El Nacional, Caracas— y nada menos previsible que esta vertiginosa enfermedad que ha acarreado su muerte. No sólo la amistad se duele, sino la vida intelectual del Uruguay, ya tan empobrecida por el régimen retrógrado que desde 1973 ha venido destruyendo las estructuras educativas y artísticas altamente desarrolladas con que contaba el país, y se duele aún más la tarea intelectual del continente latinoamericano que tenía en Real de Azúa uno de sus conocedores más serios y documentados, uno de sus más agudos e independientes evaluadores. Despojado de sus cargos docentes por la cacería de brujas montada en el Uruguay y retirado del profesorado en la enseñanza media donde había comenzado su carrera, éste era el momento en que esperábamos que Real de Azúa se concentrara en ese mítico archivo donde había acumulado tantos originales, tantos estudios (frecuentemente abandonados por otras exigencias del momento), tantos análisis de la realidad de América Latina y en particular de la cuenca platense, tantos fulgurantes bocetos renovadores de las tesis imperantes en materia de historia, de pensamiento, de crítica literaria, a los cuales proporcionaba luego un aparato documental de tal envergadura y de tales proyecciones universales, que muchas veces él mismo era vencido por esa acumulación y esa incesante floración de sus planteos.
Eso que se ha llamado la imaginación sociológica tuvo en él un brillante exponente y siempre he pensado que no se trató simplemente de un don intelectual recibido gratuitamente, sino de una invención intelectual hija de su temperamento, la que fue construyendo a lo largo de su vida. Esa existencia llena de entusiasmos, posiciones y beligerancias, pronto reconvertidas, estoy por decir escurridas, para adquirir una nueva disponibilidad, sin que esto afectara una raigal conducta moral que hacía de la función intelectual una ética (por lo cual se le podía emparentar al zigzagueante camino de André Gide y a su misma persecución de la autenticidad en un mundo cuya opacidad exigía constantes esfuerzos de reconversión y adaptación) contribuyó a desarrollar un pensamiento siempre crítico, forzosamente independiente, cuyo campo de ejecución sólo podía ser el de la oposición: de ahí que sus mejores contribuciones se desarrollen mediante el enfrentamiento con tesis o sistemas, los cuales sometía a nervioso análisis y los invadía de un pensamiento desarticulante y problematizador.
Pero tal tarea, más que invalidar, corregía, tornaba más complejo el problema, So dimensionaba sobre otros campos del conocimiento donde sus debilidades se- volvían ciertas, mostraba con evidencia las ambigüedades de la histeria, sus juegos contrastantes y los equilibrios con que se trazaba su recorrido, enriquecía la perspectiva estética dotándola de una amplificación social o ideológica, distinguía las variables individuales hasta que su crecimiento ponía en entredicho la coherencia de cualquier interpretación generalizadora. Su visible resistencia al espíritu de sistema, que se diría vazferreiriana si no fuera uno de los elementos constitutivos del pensamiento dominante del Uruguay en la primera mitad del XX, acrecentado en el proceso de crisis que se inaugura en 1933 y se desarrolla en las décadas siguientes, impidió que construyera otro, sustitutivo, contribuyó a que en cierto modo aceptara la fundamental lección historicista y culturalista que había desarrollado el país en el primer tercio del siglo, aunque cuestionara la mayor parte de sus soluciones.
Efectivamente, su contribución crítica rotó en torno de dos ejes animadores: la historia y la cultura, como función de esa misma historia, en circunstancias y sociedades determinadas cuya originalidad defendió ardientemente oponiéndose a la aplicación de rejillas importadas que distorsionaban la realidad en beneficio de un orden ficto, clarificador y útil sólo a la acción. Por lo cual debió elegir una marginalidad operativa que le permitiera comprender el complejo proceso histórico en su intrarrealidad (para usar un término de sus educadores iniciales, de Unamuno a Keyserling y Martínez Estrada), cosa que podía cumplir mejor refiriéndose a un pasado lejano visto desde la perspectiva de un puro conocimiento intelectual, que si debía realizarse en el confuso presente. Hablo, es cierto, desde el ángulo de mis discrepancias políticas, es decir, desde mi percepción del proceso histórico, mucho más anclada en la confianza en los esquemas sociales marxistas que la suya, débilmente económica y más instalada en la creencia en el voluntarismo y la originalidad de los hombres como hacedores de ese proceso. Pero también hablo pensando en su misma conducta, que en los años turbulentos de la juventud lo integró al movimiento falangista español, hipnotizado por la personalidad de José Antonio, y dos años después del triunfo franquista lo apartó de esa militancia mediante un libro, España de cerca y de lejos, que parecía dar una réplica paralela al libro publicado por André Gide, Regreso de la URSS. Otra vez la disponibilidad.
Creo que fue su tendencia culturalista y el imperio que ejerció sobre él la historia, lo que lo condujo gradualmente a alejarse de las artes y la literatura, transformándose en un analista del pensamiento y la política uruguayas y latinoamericanas y, de hecho, en un crítico de la cultura. La fascinación por la historia no sólo fue consecuencia de la orientación latinoamericana en ese período marcado por el magisterio de Pedro Henríquez Ureña, sino también una particular inclinación de Real derivada de su percepción de la vida familiar y de esos valores que llamamos “tradicionales”, cuya alta significación sólo parece concederse íntegramente a aquellos que se sienten unidos al movimiento histórico prolongado de la nacionalidad por la tarea de sus ancestros. Desde este punto de vista es comprensible que ni yo ni mi hermano Carlos (para evocar su rudo enfrentamiento ideológico con Real), hijos de campesinos españoles inmigrantes que se integraron a la nacionalidad uruguaya en el seno del proletariado aluvional de los años veinte de donde surgió una baja clase media, nos sintiéramos concernidos en la misma forma por la totalidad del pasado nacional, ni dispusiéramos de una estimación (más sensible que intelectual) por los elementos históricos que se opusieron a la que entendíamos la línea del progresismo, la que del liberalismo principista encarnaba en el batllismo y se expandía en el socialismo o al menos en el sindicalismo del XX. Real vivió esa totalidad del pasado histórico desde una cierta intimidad aristocratizante, con nostalgias que refrenaba mediante el análisis crítico, saboreando lo particular de las conductas individuales, comprendiendo, por lo tanto aceptando, aunque también juzgando, la oligarquía del XIX. Algo de eso compone la excelencia de su libro El patriciado uruguayo y no deja de parecerme significativo que en aquella misma colección de la cooperativa editorial Asir (60 o 61) en que apareció, yo publicara un conjunto de estampas, Tierra sin mapa, con esta dedicatoria: “Quisiera poder escribir en el sobre de este envío: ‘A mi madre, cielo de Galicia’ y que llegara a su destino”. Ese libro, que me consta Real siguió trabajando y rehaciendo, aunque sin decidirse a autorizar una segunda edición como le pedíamos, es algo más que una vivaz reconstrucción de una clase y de su período histórico: es una convivencia interpretativa, como habría podido hacer un romántico de la escuela de Thierry si estuviera dotado de un lúcido aparato crítico moderno y si creyera que nada debe concederse al emocionalismo porque en una estética aristocrática sólo debe traducirse una estructura intelectual y normativa. Las limitaciones que en cambio percibí en El impulso y su freno, aunque se trata del mayor esfuerzo de comprensión de Real por el movimiento emergente de las clases medias y artesanas que acaudilló Batlle y Ordóñez en las primeras décadas del XX, creo que derivan del menor grado de placentero adentramiento en una materia y forzoso es reconocer el alto grado de hedonismo que circula por la ensayística de Real de Azúa y enciende su escritura.
Él fue marcado, desde la adolescencia, por el encantamiento de la belleza que está en el nacimiento de todo artista. Pudo ser escritor, pues esa fascinación, se ejerció, para él, a través de la palabra: era la lengua castellana, la gran tradición hispánica del arte, una sensibilidad placentera por un léxico, a veces atrabiliario. Pero, de conformidad con un modelo que estableció Freud para comprender a Leonardo, necesitó pasar del reino de la: belleza, al del conocimiento. Desconfianza o temor de sí mismo, ansia, de comprender y de desentrañar el significado oculto del mecanismo (o juguete); que tenía entre las manos, búsqueda de un orden normativa que: equilibrara el desorden gustoso de los sentidos, podría adelantar varias explicaciones de ese tránsito que hizo de él un crítico y profesor de literatura y luego, con la ayuda de los años, un crítico de la cultura, del pensamiento, y lo que llaman con fea palabra los mexicanos, un politólogo. Pero este nuevo horizonte en que produjo sus mejores trabajos no aniquiló ese subyacente ámbito formativo: hubo siempre en él un esteticista, aún más que un gustador de la belleza literaria, y un esteticista que rayó en el nihilismo propio de esta tendencia.
Es el lugar del placer, que tantas veces queda oculto en la actividad intelectual del ensayista y el investigador, un placer que podía ser descocado y frívolo, abrupto y desmedido como el de un niño, autorizándole a recuperar esa imaginación libérrima infantil que se rehúsa a las imposiciones rígidas y responsables, concediéndole pasiones inseguras pero voraces, entusiasmos desmelenados, materias todas sobre las que luego se ejercía, a veces condenatoriamente, su mismo espíritu crítico. En esa confusa amalgama viven algunos de sus mejores ensayos literarios, como es el caso de los dedicados a José E. Rodó, autor de quien pudo sentirse cerca más por analogías vitales que por afinidades intelectuales, y al que supo leer realmente desde dentro de su organización intelectual y de su vasta lectura de época. Hay una evolución en su atención crítica por Rodó, de la cual el último testimonio son los dos extensos prólogos que a mi pedido preparó para la edición de Ariel y Motivos de Proteo de la Biblioteca Ayacucho, este último partiendo del que hiciera para la Biblioteca Artigas.
A este último tipo de ensayos pertenece “El modernismo literario y las ideologías” que creo es uno de sus últimos trabajos y preparó para la mesa redonda que organicé en el XVIII Congreso del Instituto de Literatura Iberoamericana realizado en la Universidad de Florida (Gainesville) en marzo 77. Un ejemplo paradigmático de su forma arborescente de trabajar que hizo el padecimiento de linotipistas y correctores del semanario Marcha durante años (hasta el punto de hacerle una huelga a sus colaboraciones) pues las pruebas eran objeto de incesante reescritura y ampliación, lo que obligaba a rehacerlas íntegras a partir de un manuscrito escrito hasta los bordes y lleno de tachaduras y enmiendas. La consigna que le di fue escribir no más de diez páginas, aun a sabiendas de que se aprovecharía de la imprecisión del término “páginas” y usaría las de formato oficio, escribiendo a un renglón de borde a borde. No preví que encontraría, en la normal libertad para las notas bibliográficas, la posibilidad de desarrollar toda suerte de incisos y complementos, escribiendo otras veinte páginas que de hecho vienen a ser parte de un ensayo que escamotea sus reales dimensiones. Pero había trabajado con una asiduidad que no es de norma en estos encuentros y sus ambiciones siempre fueron desmesuradamente mayores que las coyunturas a que se veía obligado, resultando incentivadas por su notoria incapacidad para una formulación sintética y lineal. Los “pero”, los “como”, los “sin embargo”, los “aunque”, se habían constituido en obligadas bisagras de un pensamiento que resistía tenazmente el esquema clarificador y obligadamente restrictivo y en cambio procuraba hacer justicia a la multiplicidad, al cambio, a las variables, abarcando a brazadas la totalidad. Se trataba además de un asunto que venía preocupándolo de antaño y sobre el cual creo que debe haber dejado, entre sus papeles, extensas anotaciones y redacciones fragmentarias. En su última carta, días antes de su muerte, me prometía otro trabajo sobre el tema “cuando tenga el resuello que ahora me falta. Por supuesto que no estarás obligado a usarlo y menos a que te guste. Pero tengo demasiado apego a mis ideas sobre rococó y modernismo, etc., como para no debitarlas por lo menos una vez. El único peligro es que la categoría me cubra toda la literatura universal como le pasó a Hauser con el manierismo aunque en verdad creo que tiene una capacidad de encuadre mucho más amplia de lo que suele pensarse”.
Pocos ensayistas tan empecinadamente productivos como Real de Azúa, a pesar de su gusto por la sociabilidad y aun la mundanidad, su manera divertida y chismosa, caprichosa y antojadiza, de las relaciones sociales, su recorrida de tantos niveles distintos que curioseaba con la atracción de un personaje proustiano. Los libros que publicó, incluyendo su vasta antología de la crítica uruguaya, sus múltiples panoramas de las letras del país que parecieron señalarlo como el reemplazante (y modernizador) de la tarea historiográfica cumplida por Alberto Zum Felde, y su única recopilación de ensayos sobre temas americanos apareada en Arca el año pasado, Historia esotérica e historia visible, no dan la medida de la vastedad de su trabajo intelectual que ni siquiera puede percibirse en los múltiples artículos y ensayos que desperdigó en tantas revistas y que sólo podrá medirse cabalmente cuando se edite su archivo personal, celosamente guardado por años. Se percibirá entonces que fue uno de los ensayistas claves de América Latina, a pesar de que su nombre trascendió poco las fronteras de su país y de que sólo mediada su carrera extendió a otras áreas del continente la investigación histórica y estética que había concentrado sobre la región platense a la que perteneció raigalmente.
Se podría seguir hablando de su trabajo (y si dispusiera de sus libros y de las revistas en que publicó, podría intentar el escudriño de su evolución, como en aquellos vertiginosos obituarios a que me forzó el semanario Marcha) pero comprendo también que transfiero al orden intelectual un oscuro deseo: rehacer la comunicación con un amigo perdido, perdido además en’ plena oscuridad de su país donde no se escribió una línea en los periódicos para dar cuenta de esta enorme pérdida intelectual, injustamente desaparecido cuando era él uno de los que mejor había visto el proceso político uruguayo (su excelente ensayo en el volumen de Siglo XXI Uruguay hoy) y uno de los intelectuales a quienes correspondería el balance lúcido, una vez concluida la noche. No es exceso poner esta muerte en la cuenta de las penas que debemos al militarismo torpe que se ha apoderado del Uruguay.
Angel Rama
Caracas, 27 de junio de 1977.
Publicado en “Escritura”, Caracas n° 3 (enero-junio 1977), pp. 35-40.