1257 Recuperación del pensamiento mítico en José María Arguedas. Latino América, 9,1976

—como prólogo a José María Arguedas. Señores e indios. Buenos Aires: Calicanto, 1976, titulado José Mana Arguedas, transculturador.

—también, como La inteligencia mítica, capítulo V de Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI, 1982.


Nota de redacción: la transcripción del original puede tener errores.

1.   Concentración y reiteración

Una rara unidad distingue a la obra Intelectual de José María la Arguedas respecto a la producción de su tiempo. Salvo la novela testimonial El sexto (1961) en la cual contó su experiencia carcelaria de 1987-88 salvo una escasa serie: de páginas sobre asuntos accidentales, su producción resulta unificada por él manejo de una temática exclusiva. Ella rota en torno al indio peruano y aspira poco a poco a reflejar, con un criterio francamente nacionalista, a la totalidad socio-cultural de su país cuyo estructurante, para Arguedas, no puede ser otro que la cultura indígena. Pero además (porque de otro modo podría confundírsele con escritores del indigenismo social de la época del tipo del ecuatoriano Jorge Icaza) la unidad se acentúa porque dicha temática es interpretada -voluntaria, tercamente- a naves de la cosmovisión de las comunidades indias, enfoque que Arguedas, hizo suyo inicialmente y luego amplió trasladándolo a otros estratos sociales de índole mea i/a, donde estimó que aquella cosmovisión se prolongaba) aun revivificaba.

En un periodo histórico en que la variedad temática y estilística comenzó a ser la norma de la producción artística latino-americana, Arguedas mostró, en cambio, una concentración absorbente, fijación poderosa y exclusiva sobre un territorio único de lo real, junto a una visión igualmente unitaria y persistente de ese complejo temático. Si en su primer libro de cuentos (Agua, 1935) y en su primera novela  (Yawar Fiesta; 1911) ya es visible este comportamiento literario, elusivo de las normas de la modernidad, la serie de relatos posteriores (Diamantes y pedernales, 1954, La agonía de Rasu Ñiti, 1962 y Amor Mundo, 1967) y de sus nóvelas (Los ríos profundos, 1958, Todas las sangres, 1964  y El zorro de arriba y el zorro de abajo, 1971) no hizo sino corroborar, con muy pequeñas variaciones (que lo fueron en el sentido de procurar un registro más cercano a la totalidad social de la nación) tal concentración obsesiva. Su coherencia, su significado, se vuelven más claros si se reintegra el sector literario de su producción intelectual en el seno de los restantes sectores que practicara, sobre todo los ensayísticos sobre asuntos de antropología y folklore que le son estrechamente afines. En éstos no sólo se reiteran los mismos temas y los mismos enfoques, sino que las condiciones peculiares del género le imponen racionalizarse, en el nivel de su más empinado esfuerzo intelectual, con una constante búsqueda de fundamentaciones y explicaciones para las posiciones asumidas.

Contra el criterio de movilidad y variación por incorporación de datos siempre nuevos, siempre cambiantes, esta obra testimonia la fijeza y la concentración sobre un universo que es acometido una y otra vez, como en sucesivas olas, parcialmente repetitivas pero también parcialmente diferenciales, en un esfuerzo tuyas características revelan tanto lo insondable del conocimiento que ha sido propuesto como el fracaso de las sucesivas acometidas para recorrerlo íntegramente y agotarlo. Si el primer criterio tiene un asentamiento en el campo de la sensación, con su vivacidad espontáneo, su intenso y relampagueante brillo pero también con su velocidad para agotarse y necesitar de ser sustituida, (sensación cuya positividad impuso la sociedad industrial burguesa al construir la modernidad), el segundo criterio se instala en el campo del conocimiento, del cual extrae su persistencia para insistir) y vencer las diversas alturas en que progresivamente se va colocando, en una tarea que implica un avance literalmente inagotable, características éstas que son diametralmente opuestas a las que singularizan la civilización europea (o atlántica) que se expandió victoriosamente sobre América Latina en el siglo XX.

Si clasificáramos a los escritores latinoamericanos de acuerdo con estos opuestos criterios, podríamos establecer un cuadro que debería registrar los diversos matices, grados de influencia mayores trasmutaciones o compromisos que se produjeran entre los dos polos de fuerza propuestos: el que corresponde a la influencia permanente que procede de los centros culturales externos, la cual aplica una preceptiva cultural moderna y dispone para trasmitirla de los eficaces instrumentos de una tecnología afín, y el que corresponde al repliegue sobre las tradiciones locales en aquellas sociedades a las que el avance de los centros externos ha remitido al rango de conservadoras, las que procuran preservar la continuidad e identidad de: un grupo social apelando a medios de: comunicación pobres y tradicionales. Si Jorge Luis Borges puede ser situado en las vecindades del primero de estos polos, es muy cerca del segundo que debe verse a José María Arguedas.

Tales rasgos de una producción intelectual pueden conectarse con una problemática más amplia y compleja, de la cual no serían sino las manifestaciones superficiales, traducciones epidérmicas de un funcionamiento mental profundo donde puede detectarse el componente original de la cosmovisión del escritor. Aunque la entidad de este aspecto motivará un examen más detenido, ya se puede adelantar su presencia en esta manifestación superficial. Pues no se trata solamente de una concentración sobre un reducido grupo de asuntos, sino el sistema reiterativo que se les aplica, el cual los toma y retoma sin cesar, les introduce leves modificaciones, los vuelve a relacionar con otros elementos que le introducen modificaciones, los rearticula en estructuras que resultan perecederas y deben ser sustituidas por nuevas estucturas parcialmente similares aunque también compuestas de elementos distintos,

Estas operaciones pueden emparentarse con el funcionamiento de una mentalidad irrigada por un pensamiento mítico, pareciéndonos, si no operaciones prototípicas, al menos comportamientos familiares del pensar mítico. En el caso de .Arguedas reencontramos algunas notas distintivas de este pensar, que es propio de las sociedades primitivas y también de las tradicionales pero integrado a órdenes distintos y en visible pugna con otras formas del pensamiento. Esta mezcla y dosificación podría explicar las variedades que se perciben en su inserción y lo cambiante de los productos que genera, pareciendo por eso remanencias más que articulaciones constitutivas del funcionamiento intelectual.

En todo caso es posible aproximar tales manifestaciones de la definición que hiciera Lévi-Strauss en Le cru et le cuit del pensar mítico:

double caractère de la pensée: mythique, de coïncider avec son objet dont elle forme une image homologue, mais sans jamais réussir á s’y fondre parce qu’elle évolue sur un autre plan. La récurrence des thèmes traduit ce mélange d’impuissance et  de  ténacité. Insoucieuse de  partir mi d’aboutir franchement, la pensée mythique n’effectue pas de parcours entiers; il lui reste toujours quelque chose à accomplir. Comme les rites, les mythes son in-terminables.1

Vista que una descripción de esta naturaleza corre el riesgo de aplicarse no sólo a las comunidades tribales sino a muchos nombres integrados en las más desarrolladas sociedades y también a sectores enteros de éstas (lo que nos permitiría avizorar que el pensamiento mítico es una condición superviviente en cualquiera de las actuales sociedades, preferentemente dentro de aquellos estratos sumergidos o apenas emergentes) resulta necesario señalar que las vías de un pensamiento mítico no son necesariamente contrarias al funcionamiento de otros pensamientos, no son necesariamente mágicas e irracionales y, como lo ha razonado Levi-Strauss en La Pensée sauvage, pueden diferenciarse de las vías de otro pensar, más por el campo a que se aplican o por la manera de ordenar  los datos reales, que por  su especialidad mental.

2.  El camino de la transculturación

Arguellas parte de una vocación reivindicatoria muy nítida, prácticamente de una militancia al servicio de los pueblos indígenas secularmente expoliados, primero por los españoles de la Colonia y luego por los peruanos de la República, pero al misino tiempo tiene conciencia lúcida de la problemática andina a la que procura examinar con criterio realista, evitando las simplificaciones o las parcializaciones. La problemática andina rota para él en torno de un centro, la cultura indígena estancada lo que confiere su importancia capital a la situación (social, económica y política) del indio, pero, debido a eso, también a los restantes sectores que con el indígena se encuentran estrechamente imbricados.

Desde sus primeros escritos percibe con claridad la rigidez de la estratificación social, aunque el esquema dicotómico primerizo de indios y “mistis” enfrentados pronto dejará lugar a una visión más compleja de la estructura social, como del régimen de dominación en que se fragua, distinguiendo las diversas castas y clases del país. Los efectos de tal injusticia los percibe sobre lo siervos pero también sobre los señores en quienes detecta, por obra del ejercicio de la dominación, una disgregación espiritual. Por último va avizorando la contribución de los sectores intermedios formados por mestizos. La estructura tripartita de: indios, cholos y blancos, que para un antropólogo actual “opera más como tres estamentos simbióticamente organizados que como una sociedad integrada”. 2 Arguedas habrá de enfocarla no sólo en un plano socio-económico, con aportaciones críticas que diversifican este esquema demasiado estrecho, sino sobre todo en el más arduo de las singularidades culturales de cada sector, precisando sus funciones y los efectos que promueve.

No pierde de vista que es una estructura, cuyos diversos elementos están por lo tanto en mutua dependencia y que el punto clave lo representa la situación oprimida de la cultura indígena, una ausencia que manifiesta tal fuerza que es comprensible que Arguedas, aun reconociendo la complejidad social, vuelve muchas veces a la concepción dicotómica! “¿Hasta cuándo durará la dualidad trágica de lo indio y lo occidental en estos países  descendientes del Tahuantinsuyo y de España”.” No obstante ello, no obstante que a veces coloca en el misino bando a estudiantes, “mistis” y mestizos, su narrativa, así como su ensayística, desbrozarán la complejidad social. Parte de la concepción del hombre, y por analogía, del personaje narrativo, que fue generado por el pensamiento de la generación indigenista de: “Amauta”, pues esta incorporó a América Latina la visión de la clase social como una entidad todopoderosa que sumergía y volatilizaba al individuo, poniendo así fin a la concepción liberal que perfeccionó el modernismo.

Tanto en la teoría antropológica como en la praxis narrativa, fueron tres los niveles en qué podía situarse al hombre (o al personaje) encarado como un individuo, dueño de una subjetividad más o menos cerrada pero en la que se producía el conocimiento (aprobación y reelaboración de la realidad objetiva) y de donde: surgía una voluntad de actuar que se confundía con el yo; encarado como el miembro de una clase: social, reemplazando los rasgos privativos por los genéricos del grupo o de la situación que éste ocupaba dentro de la sociedad, en especial aquellos ligados por los imperativos económicos; por último encarado como integrante de una cultura que mantenía fluctuantes relaciones con el concepto de clase social, tendiendo a englobarlo gracias a la intensidad de las tradiciones y costumbres que ella transportaba desde el pasado.

De las tres concepciones, la segunda signa al pensamiento renovador del indigenismo de los años veinte (Mariátegui) y en literatura genera las normas de la novela social-indigenista de la época. Esta, cuyo modelo de más éxito lo representa Jorge Icaza, manejará con preferencia grandes frisos colectivos representados por “los indios” o, cuando se detenga en los individuos, procurará sintetizar en ellos los rasgos generalizantes de la clase social a que pertenecen, en su particular situación. Aunque Arguedas, en un texto crítico 4 dirá haberse afiliado a esta visión clasista, sobre todo para su novela Yawar Fiesta, lo propio de su creación, su aporte original respecto al segundo momento indigenista fue el descubrimiento, tras el concepto colectivo de la clase que él no ignoró, del ser humano concreto: al Felipe Maywa que había conocido en su infancia, al mak’tillo Pantaleoncha, a don Mariano, construyendo una galería de personajes vivientes prójimos del lector. La misma posición la asumió su contemporáneo Ciro Alegría; quien teorizó el punto aduciendo que, hasta la generación regionalista, América Latina había desconocido al personaje individual, carencia que fue compensada por su generación retornando subrepticiamente a los modelos de la narrativa europea decimonónica. 5

La visión de Arguedas será más compleja que la de su compatriota; no se retrotrae al personaje-individuo establecido en el XIX, aunque también su caso fue el que mejor conociera por sus lecturas, sino que recoge de él algunos rasgos, eficaces para el diseño realista verosímil, los que reintegra dentro de dos conjuntos: el que responde, sociológicamente, a los datos genéricos de la clase social y el que se abástele, con mayor amplitud antropológica, de los componentes culturales, recubriendo tanto al personaje narrativo se desplaza dentro de dos esferas, la clasista y la cultural, que no son enteramente coincidentes, las cuales lo dotan de un “ambiente” en que se disuelve todo trazado excesivamente individualista. Funcionan como cajas de resonancia de tipo colectivo donde las acciones se justifican o corroboran. A partir de estas aproximaciones, podría interpretarse su confesión, hecha en 1950.

En los pueblos serranos, el romance, la novela de los individuos, queda borrada, enterrada, por el drama de las clases sociales. Las clases sociales tienen también un fundamento cultural especialmente grave en el Perú andino: cuando ellas luchan, y lo hacen bárbaramente, la lucha no es sólo impulsada por el interés económico; otras fuerzas espirituales profundas y violentas enardecen a los bandos; los agitan con implacable fuerza, con incesante e ineludible exigencia. 6

Si el punto de partida de Arguedas fue reivindicativo, o sea reclamar para los sectores indios oprimidos sus legítimos derechos, y si esto transita por un enfoque cultural, no puede menos que instalarse en la problemática de la transculturación desde el momento que opera a partir de dos culturas, una dominante y, otra dominada, y a que ambas corresponden a muy distintas especificidades y situaciones. De ahí el papel protagónico que en su literatura fue conquistando, progresivamente, un determinado tipo de mestizo: aquel que podríamos llamar el heredero piadoso (en oposición al renegado), el que transporta a sus padres desde un universo a otro cumpliendo dentro de sí las trasmutaciones necesarias para permitirles la supervivencia.

Ese fue el papel (que desempeñó el personaje de Virgilio, Eneas, en la primera civilización filial de la historia, la primera que recogió la herencia y la trasmitió respetuosamente; es el mismo papel que Arguedas atribuye a Demetrio Rendón Willka, en el Perú transculturante del siglo XX, haciendo de él un magnificente Eneas americano a quien compete trasladar sobre sus hombros a su padre (la tradición cultural indígena) para que arraigue en un nuevo suelo (en una nueva estructura cultural, moderna y eficiente).

El escritor, como bien decía Chejov, no está obligado a resolver, en la literatura, los problemas que son privativos de la sociedad. Es suficiente con que sepa plantearlo bien, cosa que ya antes que Chejov había sospechado Engels. Obviamente no es Arguedas quién puede poner en práctica la transculturación peruana; sedo le cabe exponerla lúcidamente mostrando ese privilegiado momento en que su muy antiguo y lento desarrollo sufrió de una aceleración manifiesta. Pero para él este cometido no era suficiente. Entendió que la literatura podía funcionar como esas zonas privilegiadas de la realidad que él estudio (el valle del Mantaro) donde se había alcanzado una mestización feliz, o sea la que lio implicaba la negación de los ancestros indígenas para poder progresar, actitud que daba nacimiento a ese demonio feliz (pie hablaba en quechua y en español, al cual se refirió en su discurso “No soy un acuilmado”.’ Vista esa similitud, la literatura operó para él como el múdelo reducido de la transculturación, donde se podía mostrar y probar la eventualidad de su realización de tal modo que *¡ era posible en la literatura también podía del posible (ai el restó de la cultura. Arguedas, por no sea gobierno, ni poder político, ni revolución, no puede ubicar en su mejor vía al proceso de la transculturación en cambio hace lo que sí puede o dice poder hacer, apelando a todas sus energías: mostrar la transculturación en la literatura narrativa, realizarla (ai la escritura ai iístna. Su literatura es toda mostración y comprobación de (pie es posible la lusiiin de las culturas, pelo esas operaciones no solo se sitúan al nivel de los asuntos (ion lo cual no hubiera superado el estadio alcanzado por la mejor narrativa indigenista, la de tai o Alegría) ni solo al nivel de los programas explicativos (con lo Cual sus mejores diseños, ionio Todas las sangres, nunca superarían lo que explícitamente dice en sus ensayos antropológicos) sino que funcionan en la literatura misma, en el aiie lina ario, en la escritura, en el texto. Sólo alcanzándosela allí, en el cuerpo mismo de la creación, se podría dar prueba fehaciente de la transculturación.

Si era acometer una ardua empresa, por la amplitud y exi¬gencia del proyecto, también parecía excesivo desalío habida cuen¬ta ilei pertrechamiento intelectual del autor. Su educación había sido desordenada, sus años universitarios dificultosos e interrum¬pidos (debió trabajar, lúe encarcelado) y sedo tardíamente encaró

I Discurso de recepción del Premio inca Garcilaso de la Vega, octubre I!H¡H. Apéndice de El torro de arriba y el zorro de abajo, Buenos Aires,

Losada, 1971.

una formación sistemática, fui su vida adulta cumplió estudios de su especialidad en folklore y etnología y aunque él poi luiinil dad desmereció su capacitación, demostró en su tarea entera solvencia inteleiiii.il y eficaces conocimientos, más sobre el funi ¡o namienio cultural concreto (pie sobre las teorías. Instalado en el período de apogeo del funcionalismo, sorteo sus insuficiencias porque no dejó de desarrollar una visión global, nacional y política, y porque además tuvo trato, mediante libros o mediante la enseñanza de los discípulos, con las figuras mayores; de la auno pología anglosajona (HerskovitS, Boas, I Julón).

ruede aceptarse que su información literaria lúe escasa o poca sistemática, con las previsibles lagunas: no hay indicio de que hubiera frecuentado los surrealistas o de (pie se hubiera sumei gido en la narrativa vanguardista. Pero dado que la creación no depende del gi.ulo de información del autor, es posible ponderar de olía manera eslos niveles de conocimiento, Así puédese des tacar la escasa presión (pie sobre él ejercieron los patrones artísti¬cos externos a diferencia de lo ocurrido con otros latinoame¬ricanos, a los (pie llegaron a impedir ver y gozar de su propia realidad, Eso favoreció su inclinación hacia un universo interno, humilde 5 concreto, (pie existía dentro de fronteras y (pie hasta

cía poco valioso pala inleleclliales de SUS mismas ideas político

-olíales. Supo dignificarlo artísticamente y jerarquizarlo intelec-iii.ilmcnic. lal instalación nacional -y hasta provinciana como el subrayó8 le llevo a colmar su panorama con los materiales próximos y .1 establecer con solo ellos, sin oirás coordenadas axiológicas, un sistema de valores artísticos. Esta coyuntura es liesgosa poique poi lo común arrastra a un necio provincianis¬mo donde se subvierten las jerarquías estéticas. El dispuso, para evitarlo, del apoyo que le prestó la gran herencia cultural indí¬gena, SU pasado glorioso, su présenle todo de harapos reales. Contó además con su natural fineza y cautela para apreciar el arte.

A estas dificultades individuales se agregó tpie el medio perua¬no no disponía de un sector cultivado suficientemente mu 1 ido ionio pan establece) una comunicación aceptable entre las élites de evidente calidad que ya se habían fraguado y que se habían tonificado con la generación indigenista, y la mayoría de una población relegada a niveles educativos bajos y además poco depuesta a participar de un esfuerzo integrador. Ese sector ma-

6 Primer Diario de El zurro de arriba . . .

Notas

1. Claude Lévi-Strauss, Le cru et le cuit, Paris, Plop, 1954

2 Darcy Ribeiro; Las Américas y la civilización, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1972 (2a, edición).

3 “La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú”, Mar del Sur, Lima, año II, vol. No,  9 enero-feb. 1950.

4 Idem.

5 Ciro Alegría: “Notas sobre el personaje en la novela hispanoamericana” en La novela iberoamericana. Memoria del Quinto Congreso del Instituto Internacional le Literatura Iberoamericana, Albuquerque, New México, 1952, Dice: “La novela hispanoamericana es un inmenso despliegue de historias desarrolladas en panoramas y situaciones mil, que tendría un extraordinario relieve si no careciera de lo que es elemento esencial del género y su prueba de fuego: el personaje”

6. “La novela y el problema”… art. cit.