También:
—Claridad, junio 25, 1972.
—Expreso, julio 24, 1972.
El 6 de julio de 1971 Roberto Obregón, quien viajaba en un bus desde El Salvador hacia su patria, Guatemala, desapareció en la frontera. Al llegar a la aduana se le hizo descender del vehículo para interrogarlo y esa imagen nítida, como de fotografía, la del joven caminando entre los guardias militares hacia el resguardo mientras el bus reemprendía la marcha, -que tan fija quedó en el compañero que lo contemplaba desde la ventanilla- fue la última que de él se tuvo. Nunca más se supo de Roberto Obregón, quién ese día tenía 30 años. Los salvadoreños aseguraron que se le dio paso a su país, luego de interrogarlo. Los guatemaltecos afirmaron que nunca llegaron a recibirlo en su tierra. Así, en el espesor de una línea fronteriza que no es más ancha que la trazada por un lápiz imaginario, desapareció para siempre un hombre que además era un poeta.
No era la primera vez que se perdía un poeta en Guatemala. Poco antes había muerto, en circunstancias trágicas, Otto René Castillos que se había integrado a las guerrillas. No era tampoco la primera vez que un poeta consagrado a las luchas revolucionarias moría en América, de tal modo que el nombre de Roberto Obregón puede incorporarse a la ya nutrida hagiografía que va componiendo la nueva generación latinoamericana para lectura y educación emocional de las futuras promociones y en cuyas páginas, obligadamente, se incluye todo lo que sobre los mártires digamos, así se trate de un austero recuento artístico.
Y sin embargo todos estos muertos no han querido ser, por propia voluntad, muertos excepcionales; no han querido ser considerados una clase privilegiada de muertos, como aquéllos ilustres del santoral católico y menos pretendieron ser elevados a la categoría de modelos como en las lúgubres galerías de estatuas ejemplares de la antigüedad romana. La experiencia —próxima y erizada— de la vida dolorosa de los hombres comunes los dotó de suficiente piedad como para aspirar a ser simplemente hombres: quisieron compartir sus destinos, incluyendo el de la oscura muerte. En un breve poema, «El son del muerto», que lleva un epígrafe del Popol Vuh —«Lo que quieren es acabar con nosotros» — Roberto Obregón contó con ritmo liviano, como de baile tropical, este reconocimiento de una común historia:
Ahora muere la gente
a precio de quemazón.
Ya no quedan muchos:
pocos son los de este lugar.
Los hombres se van muriendo
sin mudada y sin permiso,
sin zapato
y sin echarse un son.
Uno por uno se van
y ya se van acabando.
Pero no en vano un poeta es un hombre de excepción, mal que pese a los latiguillos retóricos que homologan rabiosamente hombre común y poeta no con la intención de dignificar al primero sino para inferiorizar al segundo, y por ser excepcional, por ser capaz de manejar el instrumento civilizador más rico creado por el hombre que es la lengua, para con él revelar persuasivamente la realidad a los demás hombres, por eso hablamos de Roberto Obregón, aún contra su voluntad. Pero no sólo de él, ya que son muchos los hombres sin lengua que él representa y asume.
Había nacido en 1940 en San Antonio Suchitepéquez, Guatemala, y en 1961, en el mismo año en que un joven para él desconocido del Perú, Javier Heraud, publicaba su inicial libro El Viaje, donde estaba aquel “hai ku” (Yo nunca me río de la muerte. Simplemente sucede que no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles), él editaba confiadamente sus Poemas para comenzar la vida. A esos habrían de seguir varios otros porque, a afortunada diferencia de su gemelo del sur, Roberto Obregón pudo alcanzar un estadio superior al de una promesa literaria, tal como lo manifiestan libros como El aprendiz de profeta (1965), La flauta de ágata (1966), El fuego perdido (1969). También siguió a aquella iniciación una larga estadía europea, buena parte de ella en la Unión Soviética, donde fue la filosofía su mayor preocupación como lo testimonia su libro Ensayos (1967). Y por último los años ardientes de la guerrilla guatemalteca hasta su casi liquidación por las fuerzas represivas del general Arana.
Un poco como ocurriera decenios antes con un compatriota suyo que posiblemente Roberto Obregón no estimara ─Miguel Angel Asturias─ fue desde la perspectiva europea que se le hizo patente la idiosincrasia de los hombres de su tierra y la originalidad de sus raíces culturales prehistóricas, secretamente vivas en los silenciosos indios que ocupan el territorio guatemalteco. En todo caso, la poesía de los mayas y en especial el libro sumo, el Popol Vuh, se le transformó en fuente de enseñanzas, posibilidad de religamiento con los orígenes. Sus pautas asoman en los epígrafes con que Obregón abrió sus poemas y en la idea recurrente a que aluden los títulos de sus recopilaciones últimas: El fuego perdido, de 1969, y una selección todavía inédita, que publicará la Universidad, de San Carlos, La sonaja perdida, donde pueden encontrarse estos versos que meditan acerca de la huella del pasado sobre el hoy:
De los pozos y las plazas nos ha quedado la
canción,
delgada como ella sola.
De la sangre la cuenca de sonajas rotas
Del pie la huella, de la mirada el llanto.
Del pasado llega nuestro futuro a tientas.
De la muerte una gana mundial de seguir vivos.
Un poeta que, como evidencia este fragmento, no ha renunciado a la herencia poética hispanoamericana del siglo XX ni a la paralela línea creativa de otras lenguas, intenta una conjunción de diversas fuerzas, unificándolas a través de su concreta invención artística. Es por un lado su formación estética dentro de un caudaloso arte mundial fecundado exitosamente por el futurismo y el surrealismo; es su convicción social y filosófica que alimenta el pensamiento marxista; es asimismo su circunstancia histórica real, o sea su pueblo, su sensibilidad, su visión del futuro, conjuntamente con las fuentes de las culturas autóctonas que aspira a recuperar, reconociendo por lo tanto la cuota que debe conferirse al pasado dentro del presente; es, por último, su militancia revolucionaria que en su-caso no fue simplemente verbal sino labrada en la acción menuda de cada día y la que muy probablemente motivó su desaparición.
Esa pluralidad de fuerzas trató de captarlas desde un plano existencial, como experiencia unificadora auténticamente vivida. Su esfuerzo para abarcarlas íntegra, sin escamotearlas bajo consignas primarias, fue recompensado por una poesía que recuerda, fugazmente, como, la del cubano Heberto Padilla, el tono de Essenin, de Maiacovski o de Pasternak, en los tumultuosos años veinte. Quizás porque, a imagen de todos ellos, Obregón se atuvo a la autenticidad de una totalidad humana vivida íntegramente. Quizás también porque fue esa poesía soviética uno de los componentes de su creación artística en lengua española, tal como también ocurriera con el arte de Padilla. Del Popol Vuh extrajo una frase —”Esta señal de la aurora la traían en su corazón”— para encabezar un poema con el cual dijo su última verdad. Y nada mejor para concluir este homenaje que sus propias palabras.
No podemos encender la hoguera
Mojado está el bosque
podridos están los troncos
No podemos quebrar los colmillos del frío
Arrancar
Y recobrar nuestros huesos entumecidos
En la humedad en el agua
nos ha tocado prender la hoguera
En la oscuridad en la noche
nosotros somos la región más espesa
A oscuras sesionamos bajo la helada
Y conferenciamos sobre nuestro qué hacer
De cómo allí los muertos continúan
jugando un gran papel en la guerra
De qué manera se escogen entre todo
Quiénes llevarán a la espalda el mayor peso
en los ratos
de agudo peligro
Acérquense los del fuego
los enamorados de la vida
Nos calentaremos con estos nuestros corazones
Hechos leña bajo este rudo temporal
pero contentos.
Claridad, jun. 25, Puerto Rico, 1972.